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Editorial

La Música, ese lenguaje que danza
Nota publicada
en cuadernos
Archipiélago.
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Pensar con sonidos y no con palabras. Éste sería,
según Hegel, el lenguaje ideal, y GUIDO MORPURGO TAGLIABUE nos muestra a través
de una metáfora, de una pugna entablada entre Nietzsche y Wagner, los prismas de
la música, la complejidad de ese lenguaje en el que acaso lo sintáctico
prevalece sobre lo semántico y cuya capacidad de transformación constituye su
propia esencia. Después de Nietzsche es el fruto de un gran ensamblaje de ideas,
la voluntad de reconocer que las formas de la música culta y de la música de
consumo tienen en común una “fusión con la totalidad de la vida”. Una obra
concertante, una sencilla canción, los mecánicos compases del rock, tienden a lo
dionisíaco, lo frenético, lo trágico, a “una experiencia de lo trágico sin duda
domesticada”, pero guiada al fin por un impulso liberador que paradójicamente ha
conducido a lo que el propio Nietzsche propugnaba: retornar al origen de la
música, a su danza, a la salvación. Pero el regreso a dicho origen ¿es todavía
posible? La música de masas, la influencia comercial y las corrientes étnicas,
entre muchos otros factores, han dibujado un paisaje que el filósofo alemán no
podía imaginar. ¿Sólo cabe un retorno condicional, desde la nostalgia? La
propuesta, algo ingenua, del autor de La genealogía de la moral ha vuelto a
aparecer hoy “a través del filtro de un gusto barbárico” que él no podía
sospechar. Precisamente la memoria, sus infinitos pliegues, son los que van
abriéndose en Boulez, Proust y el tiempo: ocupar sin contar, un espléndido texto
de GILLES DELEUZE, que propone un movimiento contrario, trazado en diagonal,
entre lo vertical del paisaje (armonía) y la linealidad (melodía) del trayecto.
El adentramiento en los lenguajes sin tiempo de la música, la narración y la
poesía, induce precisamente a la no-necesidad de una vuelta al origen, porque el
pasado y el presente adquieren múltiples direcciones que no apuntan a un centro:
Proust, Char, Michaux, Boulez, argumentan la multidireccionalidad que el
compositor explicitó en Le marteau sans Maître.
J.A. GONZÁLEZ CASANOVA, en su artículo Gustav Mahler y Theodor W. Adorno: (im)posibilidad
del milagro, ofrece una visión de Mahler alejada de los convencionalismos. El
maestro, que abrió caminos a la Escuela de Viena, ha llegado hasta nosotros
condicionado por la impronta crítica de Theodor W. Adorno; desmadejar esta idea
y ampliar los perfiles del músico son los propósitos del autor en este texto, en
el cual refuta el trágico y “agónico nihilismo” impuesto por aquél, frente a esa
encarnación de la utopía que supone la música mahleriana, cuya fuerza contribuyó
al estallido de la tonalidad que iba a llegar una generación más tarde. ¿Que
sucedió tras la detonación? CARMEN PARDO recompone en Discurrir sobre nada:
reflexiones en torno a John Cage, los fragmentos de aquella escisión, y lo hace
a través de la radical figura de Cage, que desestimó el postserialismo como vía
y propugnó la “revolución del silencio”, lo absoluto del espacio. Sin Cage no
pueden explicarse las más recientes vanguardias, deudoras del azar y de la nada,
en jaque con la tradición... pero una cosa es la tradición y otra el más
grotesco rostro de una cultura musical tradicionalista, personificado en El
negocio de los divos, un divertido artículo de JAVIER PÉREZ SENZ, en el que los
intérpretes, divinos tiranos que ya desesperaron a Händel y Addison, son el
punto de mira. Los cantantes líricos se llevan la palma —y los dineros—, tres
tenores, frente a directores de gesto esperpéntico, repiten con sus gorgoritos
multimillonarios un repertorio acartonado, cuya reincidencia es capaz de
conmover a un público empeñado en no conocer otra música.
En torno a Prometeo, título bajo el cual se recoge una conversación entre LUIGI
NONO y MASSIMO CACCIARI, es un diálogo lúcido y apasionante en el que se
analizan algunos de los puntos clave de la música: la recepción del material
sonoro, su capacidad metamórfica atendiendo a los distintos espacios en que se
emite, los secretos acústicos, el silencio que abre “otra posibilidad”, el
color, la sabia aportación de los maestros del pasado y la nueva tecnología,
reclaman otra suerte de audición, otro modo de pensar la música.
La transmisión del jazz es un itinerario histórico emprendido por ANDRÉS
ENRIQUE, cuya andadura nos acerca a uno de los géneros musicales más
característicos de nuestra cultura. Nacido a finales del siglo XIX en Estados
Unidos como fusión de elementos africanos y occidentales, su historia está
ligada a una situación de discriminación y marginación sufrida por el pueblo
negro americano. Sin embargo, la vitalidad de su música no sólo le ha valido la
permanencia, sino que ha influido en muchos compositores de vanguardia, guiados
por la capacidad rítmica y por las técnicas de la improvisación, sobre las
cuales se cimientan muchas partituras de música contemporánea.
Por otra parte, CLAUDIO ZULIAN, en Webern: un momento de la composición
deductiva, nos acerca al sistema creativo de uno de los más decisivos
compositores del siglo XX, tanto por la asimilización del dodecafonismo como por
los caminos que su serialismo indicó. La negación de la ciencia como última
verdad y la natural acomodación de su lenguaje a los procedimientos más
extremos, son rasgos consustanciales del maestro que provocó una definitiva
fractura en la música de Occidente.
Los músicos que han elaborado su arte al abrigo de esta propuesta son hoy día
los protagonistas de la vanguardia: entre sus nombres encontramos el de GABRIEL
BRNCIC. En la Entrevista concedida a Archipiélago aborda con detenimiento los
más variados aspectos musicales: desde la popularización, no siempre bien
entendida, de un arte que busca en la continua transformación su propia esencia,
hasta el hecho comunicativo y la abolición del pensamiento metódico heredado del
siglo anterior. La necesidad de adoptar nuevos discursos, la defensa de la
libertad técnica, la aportación de la informática, la disolución del artista
como transmisor de sentido, llaman a la puerta de un nuevo modo de entender y
escuchar la música, de aprehender el sonido, su abstracción, en toda su
amplitud. Y fue una nueva forma de escuchar la música la que propuso en su
momento Franz Schubert, miembro de una genealogía de maestros que han concebido
la música como lenguaje absoluto. La paradoja llega cuando ese lenguaje se
asocia a un texto, a una narración. ¿Cómo salvar el conflicto? En Schubert, los
lugares de la voz, RAMÓN ANDRÉS refiere que el espacio de la voz, integrado ya
en la totalidad de la composición, es decir, en la abstracción del código
instrumental, ha suplantado al propio texto. Ello no sólo se manifiesta
técnicamente en los aspectos compositivos, sino también en la arbitrariedad con
la que Schubert se acercaba a la poesía: poetas menores, mediocres incluso,
junto a nombres ilustres como los de Goethe y Novalis, conforman un catálogo de
canciones cuya paradoja consiste en haber dado múltiples ideas a la música
instrumental posterior.
Tientos para una epistemología flamenca. Metáforas del saber en el cante es un
sugerente artículo de MARIBEL MORENO y EMMÁNUEL LIZCANO, quienes nos acercan a
una de las expresiones musicales más apasionantes: el cante sabe nombrar el
mundo de forma distinta, implica un conocimiento, un estar en la metáfora, un
modo distinto de construir —no sólo musicalmente— el pensamiento.
Finalmente, en sus Aforismos sobre música, ÉMILE M. CIORAN observa en “esa
disciplina de la disolución” una superación del lenguaje, de las palabras que no
le salvaron, como él manifestaba, del oprobio de no ser músico. |
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